LA HISTORIA DE LOS SEFARDITAS


Llegados de la tierra de Israel, ya en los remotos tiempos del rey Salomón, según cuenta la leyenda, residieron primero en ciudades costeras, poblando paulatinamente el interior de la península, hasta que los reyes visigodos, pusieron trabas a su libertad. La normalidad se restableció con la llegada de los musulmanes en el siglo VIII, dando comienzo a la llamada “edad de oro” del judaísmo peninsular. Florecieron entonces estadistas como Jasday ben Shaprut, estrategas militares como Shemuel ha-Naguid, poetas como Yehudá ha-Levy, Soleó ben Gabirol, o Mosé ben Ezrá, exploradores, como Benjamín de Tudela, y filósofos como Maimónides, pero sobre todo una clase media laboriosa compuesta de médicos, artesanos, campesinos, ganaderos, viñateros y comerciantes.

La invasión de los fanáticos almohades empujó a los judíos hacia los reinos cristianos septentrionales cuando ya avanzaba la Reconquista. Allí también los judíos continuaron ejerciendo su función de puente entre los distintos estratos sociales, entre pueblos y reinos a cuyo progreso contribuyeron merced a su elevado nivel cultural y a su capacidad para aprender y emplear nuevas lenguas y dialectos. Mientras Europa permanecía sumida en las tinieblas de la Edad Media, nacía así en la península ibérica, una civilización floreciente cuya influencia en el pensamiento occidental apenas se empieza a estudiar.

En el siglo XIV varía el mapa de las juderías españolas como consecuencia de los lamentables sucesos ocurridos en 1391, en el curso de una trágica oleada de motines antijudíos y el 31 de Marzo de 1492, un decreto de los Reyes Católicos ordena la expulsión de sus reinos de todos los judíos que no quisieran abandonar su religión para abrazar la fe cristiana. En palabras del cura de los Palacios: “...se dirigían a los puertos y las fronteras, iban unos cayendo, otros levantando; unos muriendo, otros naciendo, otros enfermando; que no había cristiano que no hobiese dolor dellos”. En su marcha hacia el forzoso exilio, los expulsados cruzaron las fronteras de España dejando atrás todo sus bienes materiales pero ni un ápice de la riqueza espiritual y cultural que durante siglos, habían creado y compartido con sus conciudadanos de otros credos.


La diáspora sefardí:
Tras la expulsión de 1492, los judíos de Sefarad se dispersaron en varias direcciones, formando nuevas comunidades en Europa, en Asia, en Africa y, poco después, en América. Llevaban consigo la lealtad a sus tradiciones hispanas y también, inexplicablemente para muchos, aquello que el poeta citado por el Gran Rabino Salomón Gaon en el inolvidable discurso que pronunció en 1991 durante la ceremonia de entrega del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a las Comunidades Sefardíes, “el imborrable recuerdo de aquella madre que los había expulsado de su seno”. Afortunadamente, no tuvieron éxito aquellos que habían pretendido herirlos de muerte. Los sefarditas conservaron intactos su arraigo a los rasgos identificativos de lo hispano y su fidelidad a la religión de sus antepasados. También en la propia España permaneció vivo el fermento judío en el alma de numerosos judeoconversos o criptojudíos, algunos de ellos miembros de familias ilustres o grandes figuras de la política, de la mística y de las letras.

La lengua hablada por los Sefarditas en su nuevo exilio, siguió siendo la de los españoles del siglo XV, la misma que llevaron consigo al Nuevo Mundo, los conquistadores. Porque sonaba a latín, los que la escuchaban, le dieron el nombre de latino o ladino. La base principal del ladino o judeoespañol, era la lengua castellana que con el correr del tiempo fue enriqueciéndose con la inclusión de vocablos y expresiones de los países de su nueva diáspora.
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